Era posible ingresar inmediatamente después de la secundaria a la carrera de Profra. en Educación Preescolar y aunque era mi sueño ir a la universidad, la óptica práctica de mi madre me hizo ver que era mejor estudiar esta carrera corta y, después podría ir a la universidad ya colocada en un trabajo del que pudiera obtener los recursos. Y así fue. Antes de concluirla ya había trabajado en un Jardín de niños con fondos extranjeros y había colaborado en la fundación de otro auspiciado por el DIF. Tenía por entonces 18 años.
Me trasladé a la ciudad de Xalapa, Veracruz y al final estaba instalada como flamante educadora y universitaria.
En la tarea de educar a los pequeñines. Tuve siempre presente el consejo de Fröebel a las educadoras: si van a decirle a los niños que jueguen, jueguen con ellos participen de las actividades que dirigen. Me ayudó mucho estar trabajando y estudiando a la vez porque hacía, casi de manera natural, las conexiones entre la teoría y la práctica. Pronto me asignaron la Dirección. Cinco años más tarde éramos ya de organización completa, con dos de tres etapas construidas.
Profeso la religión cristiana evangélica y recibí la invitación de mi congregación en Chiapas a trabajar con un proyecto ambicioso de educación para niños. No pude realizar una permuta. Renuncié a la plaza y me vine a casa. El resultado de 10 años de trabajo fue un modelo educativo, muchos cursos bíblicos para niños, sesiones de capacitación a docentes y una autoformación en Educación Cristiana que le dio un sentido de propósito a mi vida entrelazado con la educación. Sería una de mis aportaciones sistematizar una enseñanza aprendizaje para la vida a partir de la cosmovisión cristiana.
Me encontré muchas veces con la falta de material para la introducción motivadora y canciones alusivas al tema. Así que ¡me las inventé! Mi veta creativa salió a relucir. Un fruto de este trabajo fue el haber participado en un proyecto a nivel latinoamericano.
Con las materias de Literatura y Lectura y Redacción comencé en el nivel Medio Superior. Al darme cuenta de lo áridas que les resultaban a los chicos por el recuerdo de cómo las habían abordado en niveles anteriores me pareció una buena opción aplicar el método de proyectos que tuvo como fuente el método general de investigación propuesto por John Dewey, cuyo propósito era el “Reincorporar a los temas de estudio en la experiencia” (citado por López Ruíz, 2007). Fueron cinco años muy entusiastas en donde logramos culminar con éxito cuatro proyectos: Primera muestra: Medicina herbolaria, Segunda muestra: Escritores chiapanecos, La feria del Perfume y Acercándonos a un escritor chiapaneco. Además de ello trabajamos los semestres una revista estudiantil “3c Mi revista”.
Comencé a trabajar en el turno vespertino y sólo logré culminar un proyecto también. Desde entonces lo asumo como metodología de trabajo.
A lo largo de este tiempo tuve la oportunidad de estudiar una maestría, el doctorado y un diplomado en la Universidad Autónoma de Madrid, entre otros.
Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas, me he topado con situaciones de enseñanza aprendizaje en que la pedagogía se rompe, la motivación brilla por su ausencia y so pena de caer en el papel del maestro “entretenedor”, parecería ser una tarea estéril la docencia. Es obvio que no hay recetas únicas, como maestros y alumnos ideales tampoco, así en medio de la situación que vivo, me parece que la metáfora de la siembra se me acomoda.
El trabajo con proyectos requiere visualizar el producto final y hacer el trabajo de “construcción” del camino a seguir para cristalizar dicho producto mediante una actividad que constituya toda una experiencia de aprendizaje, o en palabras actuales que desarrolle competencias para la vida en la práctica de vida misma. Es laborioso, hay que gastar tiempo en la planeación de las etapas e ir entrelazando las diversas asignaturas que se van uniendo en el trayecto. Además la energía gastada para “venderle” a los alumnos la idea, a sabiendas de que no todos se involucrarán en la medida que uno quisiera. La decepción viene cuando se comienza este proceso y no hay eco, ni siquiera una respuesta en grado suficiente para mantener el ánimo. Es desgastante y pareciera luego como que uno se va en “neutral” movido por la inercia. ¡Es frustrante!
Reconozco que debo trabajar en la distribución disciplinada de mi tiempo, en la planeación cuidadosa de los cursos, en priorizar actividades y tiempos tendientes al logro de lo propuesto, y dar pasos también para lograr cierta estabilidad laboral que me permita trabajar con menos tensión por la seguridad laboral que necesito tener y que me permita satisfacer las necesidades de mi familia y mías, para ocuparme más del cómo hacer mi trabajo docente más productivo y satisfactorio. Porque sin duda –al menos par mí- todavía constituye una recompensa el descubrir en los ojos de mis alumnos esa chispa que me indica que se le “ha hecho la luz”, o a decir de Karl Rogers que ha ocurrido en la mente del alumno un insigth.
No rendirse entonces resulta imprescindible. Redoblar fuerzas y darnos la oportunidad de estos espacios para seguir apostándole a la educación reclama vigencia. La formación a través de la enseñanza aprendizaje para la vida y por la vida, que todavía podemos contribuir a hacerla mas humana, constituye un reto ineludible.
FUENTES:
LÓPEZ RUÍZ, Marga Isabel. (2007). El método proyecto y su aplicación en el áula. En Scribd. http://www.scribd.com/doc/8632080/EL-METODO-PROYECTO-Y-SU-APLICACION-PRACTICA-EN-EL-AULA. Consultado el 3 de diciembre del 2009.
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